domingo, 15 de julio de 2012

Mundo Moshuo - Mundo matriarcal chino

¿El Reino de las Mujeres? Siempre ha parecido un sueño o una utopia para muchas feministas como yo.  Pero, ¿existe el Reino de las Mujeres aparte de en nuestros corazones? ¿Existió hace más 6000 años? Haciendome estas preguntas me enteré de que existia un pequeño Reino de las Mujeres Chino, la región de los Moshuo.
Tal vez en ellos se inspirara la mangaka (creadora de comics) Rumiko Takahashi, para crear su Reino de las Amazonas o Reino de las Mujeres chino en el manga Ranma 1/2.


Los mosuo (en chino 摩梭, pinyin), también mósuō, moso, mosso o musuo y denominados por ellos mismos como Na, son una etnia china que habita en las provincias de Yunnan y Sichuan (cerca de la frontera con el Tíbet). Cuenta con unos 40.000 personas y la mayoría habita en la región de Yongning y el Lago Lugu.
 Aunque ellos se diferencian de los naxi, el gobierno chino los considera como miembros de tal etnia.
 Los hijos pertenecen únicamente a la madre y llevan su apellido: son una sociedad matriarcal.



Dos mil años de matriarcado

  Los mosuo viven una región que estaba aislada del resto del mundo hasta los años setenta. El aislamiento de la región del lago Lugu (situada en las provincias de Yunnan y Sichuan, en la parte oriental de Tíbet) ha permitido que el sistema de línea materna floreciera y perdurara, incluso en tiempos del comunismo. Su región fue conquistada por los ejércitos de los emperadores de China y se convirtió en parte del imperio chino.      

Pero los mosuo no han adoptado los patrones patriarcales chinos y no fueron forzados a hacerlo debido al lugar remoto en el que viven (hoy dia para llegar hacen falta 9 horas en jeep).

 Se trata de una tradición nacida hace miles de años, cuando era normal el matriarcado en la China rural, según dicen los sociólogos. El matrimonio ambulante es, quizá, el legado de una época en la que era frecuente que los padres murieran en guerras, vivieran como nómadas o fueran monjes budistas que habían hecho voto de castidad y, por consiguiente, no iban a reconocer a su descendencia. En ausencia de los hombres, las mujeres recogían las cosechas, daban de comer a las familias e imponían las normas.

 Ellas son las únicas propietarias. La herencia se transmite de madre a hija, lo que implica que en la región no existen hombres con casa propia. El apellido de la mujer identifica los lazos de sangre. En cada una de las familias hay una matriarca y es la figura de más alto nivel en el clan.

 Los miembros del clan eligen a una mujer de un grupo de hermanas para ser la matriarca. Con la ayuda de sus hermanas, ella cuida de los asuntos económicos y sociales de la clan-casa; es la administradora de todas las posesiones del clan: la casa, los campos, los animales domésticos y el alimento, así como los caballos, que son utilizados sobre todo por los hombres del clan, de sus hermanos y de los hijos.

Los hombres carecen de responsabilidades, trabajan mucho menos que las mujeres y pasan la mayor parte del tiempo reunidos con sus amigos o realizando las tareas que le son asignadas por la matriarca. Pero si necesitan dinero para lo que fuere, y tengan la edad que tengan, deben pedírselo a sus madres o, en su defecto, a sus hermanas.

Cuando se les pregunta cuál es la razón para que sean ellas las que manejen la economía responden con naturalidad: "Son mucho más capaces y no gastan en cualquier cosa". 

No es una ginecocracia porque las mujeres no ostentan la autoridad política, sólo la familiar. A nivel político, sorprendentemente delegan tal responsabilidad en un hombre, a quienes ellas eligen anualmente para mantener el orden y actuar de portavoz de la comunidad. Es curioso ver cómo las propietarias de la autoridad familiar depositan a su vez la autoridad política en un hombre. En esta reciprocidad está el equilibrio. El hombre sirve a la comunidad porque se siente parte de ella.
Sin maridos, solo madres.

No existe el matrimonio tal como estamos acostumbrados a entenderlo. El grupo familiar está formado por una mujer, sus hijos, su madre, sus hermanos, sus hermanas y los hijos de esas mismas hermanas. No existen los maridos.

Muchos de los habitantes de la aldea sólo conocen a su madre y poco les importa saber quién es su padre. No por desinterés, sino como producto de un rasgo cultural. La única figura masculina en la familia que puede ocupar algún lugar relevante es el hermano de la madre.
Casi sin excepción, los hombres siguen viviendo, incluso después de ser padres, en casa de su madre, y ayudan a criar a los hijos de sus hermanas.

 Los hombres y las mujeres nunca viven juntos; el hombre se encuentra, por las noches, a solas con su amada. No los unen el dinero ni los hijos -que siempre se crían en casa de la madre-, ni siquiera el sentirse parte de la misma familia. Se mantienen enlazados sólo por el afecto, así que cuando éste desaparece nada los liga y se separan.

 El hombre mosuo tiene, pues, que ejercer dos papeles: el de tío en el clan propio, donde se ocupa de los sobrinos, y el de padre en la familia de la mujer a la que ama, en la que no es libre de hacer lo que quiere. Los hombres están a cargo de la ganadería y la pesca; aprenden estos oficios, de sus tíos y más hombres de la familia tan pronto como tengan la edad suficiente.

 Fuentes: History Chanel, wikipedia.

El patriarcado no le es esencial al ser humano, y la experiencia mosuo marca que hay otras formas posibles y que ellas no significan el fin de la sociedad, la ausencia de ley o la de­sintegración de lo que en el interior de esa sociedad significa una familia. 
Por cierto, en el matriarcado, la institución familiar parecería más sólida y vital que la occidental. Es lo que impresiona, al comprobar que no les hacen falta discursos morales para sostenerla.

 En el matriarcado, el desdén por la violencia y por la acumulación tonta de dinero hace parecer la vida más amable y llevadera. ¿Pudo la humanidad, en un pasado remoto, haber vivido mayoritariamente bajo sistemas con fuerte impronta femenina? Evidentemente que sí. ¿Puede ocurrir lo mismo en el futuro?
Recomendación - libro de Ricardo Coler - El Reino de las Mujeres.